
El
embrión, desde su aparición como óvulo fecundado, comienza su aventura
con una larguisima fase de fusión que dura toda la vida uterina y
que termina en el momento de nacer.
En condiciones ideales, el feto crece saludablemente
en el seno materno, recibiendo una agradable sensación de bienestar
de la simbiosis uterina; absorbe sangre rica en todo tipo de nutrientes
y crece en armonía, gozando de un asombroso intercambio de vida; no
necesita defenderse ni defender nada, porque vive en un clima de absoluta
y total seguridad.
Si esta experiencia primordial es feliz, quedará
de ella una huella indeleble de armonía, confianza y unidad universal
que se condensará en una memoria inalterable de invulnerabilidad y omnipotencia.
UNA EXPERIENCIA REVOLUCIONARIA

De
repente, sin embargo, todo cambia para el feto: la respiración pasa
a ser pulmonar, el ambiente deja de ser un líquido templado y se produce
el brusco choque con el aire, al que se asocia la pérdida de un contacto
protector y seguro (pared uterina). Este conjunto de cambios, extraordinarios
pero perturbadores, pone en marcha el primitivo funcionamiento de la
mente: del mágico y feliz mundo de la vida fetal, solamente quedará
la nostalgia, el deseo del "retorno al útero" para recuperar
los fabulosos tesoros perdidos.
Para el feto, sin embargo, no hay útero, ni
madre, ni cosmos: porque "todo es él" y, como todas sus necesidades
son inmediatamente satisfechas sin tener ni siquiera que comunicarlas,
se imagina que todo lo produce él, polariza sobre sí mismo toda su atención
y reconoce como procedentes de sí mismo todas las fuentes de placer
(omnipotencia narcisista).
LA GRAN DESILUSIÓN

Con
el nacimiento, el niño es separado físicamente de la madre, pero mentalmente
sigue unido a ella: el reconocimiento de la existencia de algo "fuera
de él" se constituye lentamente cuando el neonato empieza a experimentar
para conocer el mundo que lo rodea.
Este recorrido se desarrolla por etapas, la
primera de las cuales es la percepción de la existencia del objeto:
pero si el objeto existe, quiere decir que ya no es todo uno con todo":
este proceso ratifica la pérdida de seguridad, de protección, y sustituye
la antigua omnipotencia por una sensación de penosa impotencia.
Sólo hacia los cinco o seis meses de vida
se esbozan las primeras impresiones de un mundo exterior y de una madre
que sonríe, nutre, limpia y mima. Con el conocimiento inicial de sí
mismo y con la individualidad derivada de ello toma también forma el
miedo, ~ miedo a uno mismo, al vacío exterior y a perderse en ese vacío:
es como si sólo en ese momento el bebé se diese cuenta de haber nacido
y de su total dependencia de un mundo externo que no conoce y que, precisamente
por esto, le parece tan oscuro y amenazador.
Aparte de la mente, entran en juego la me
moría y el aprendizaje, que ayudan al niño en su crecimiento y le llevan
de manera progresiva a reconocer su cuerpo, con sus limitaciones.
Los padres guiarán al niño en el camino hacia
su gradual independencia. Hacia el final del primer año de vida, el
niño desarrollará un gran apego por algún objeto suave e inanimado,
como una mantita, un peluche o un juguete: estos objetos poseen un gran
significado simbólico y su función es la de ser 'sustitutivos de la
madre", tranquilizando al niño en cualquier momento de incertidumbre.
EL PERSONAJE NUEVO

Hacia
los seis-ocho meses hace su entrada en la vida del niño un nuevo personaje:
el padre. El niño lo percibe en un principio como un extraño que molesta
a la feliz pareja madre-hijo y sólo más adelante desarrollará un gran
afecto por él, atribuyéndole fuerza y poder y delegando en él, de forma
confiada, cualquier necesidad de seguridad y protección.
El papel del padre consiste en estar a la
altura de su labor natural y en ayudar a su hijo a hacerse mayor: para
crecer es necesario que el niño pueda "convertirse , ser como"
la persona que él más admira, que es elegida como modelo: el padre,
mientras que la imitación de los primeros acercamientos permitía ser
"mágicamente el otro" (Si yo te imito, yo soy tú), la identificación,
esto es "me pongo en tu lugar para llegar a ser como tú",
constituye el primer gran paso evolutivo.
EL PRIMER AMOR

Se
produce así una avance hacia la figura edípica: en efecto, en torno
a los cuatro años de edad el niño experimenta por primera vez la posibilidad
de amar a una persona distinta y separada de sí mismo: es el momento
en el que las niñas se enamoran de papá y los niños de mamá.
Se trata de una de las etapas cruciales
en el desarrollo infantil; se produce un giro en la situación primaria,
en la que sólo existía la madre, y se pasa a amar de modo exclusivo
al progenitor del sexo opuesto, reservando para el otro sólo sentimientos
de rabia, celos y rivalidad.
Ya
no es sólo "quiero ser como él/ella", sino quiero ser "más
que él" para ocupar su lugar. A este deseo se asocia sin embargo
el miedo. "Pero si tengo éxito en mi proyecto perderé para siempre
el amor de mis padres, del que tengo tanta necesidad, ellos se enfadarán
conmigo y me castigarán."
La angustia originaria de "fragmentación
(hacerse mil pedazos) es sustituida por una angustia nueva, que Freud
definió como "castración"; "el castigo al que me habré
de enfrentar por haber deseado, incluso sexualmente, a mi papá, a mi
mamá".
Es una larga etapa cargada de tensiones y
miedos, en la que el niño se enfrenta, por primera vez, a los instintos
más profundos: llegará a su término cuando el niño/niña renuncie a la
conquista del progenitor, dándose cuenta de que el padre es de la madre
y viceversa.
La resolución del conflicto edípico marca
el final de la primera infancia y trae consigo una total reorganización
del mundo, del universo del niño y una revalorización de su lugar en
él: la vida no será ya contemplada desde un punto de vista egocéntrico,
y la fantasía cederá desde este momento el paso a la única realidad.